domingo, 25 de noviembre de 2007

MONSEÑOR KARLIC FUE NOMBRADO CARDENAL POR EL PAPA BENEDICTO XVI


- El obispo emérito de la capital provincial Estanislao Esteban Karlic y el prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, Leonardo Sandri, recibieron hoy sus tributos como cardenales, en el marco de la celebración del segundo consistorio de su pontificado en la Plaza San Pedro • Karlik afirmó que el Papa es "totalmente abierto" y que la familia es el modelo por seguir.




Muchos creen que Benedicto XVI, ex guardián de la ortodoxia católica, es un hombre rígido, duro, conservador. Para monseñor Estanislao Karlic, que hoy fue creado cardenal, se trata sin embargo de una impresión errada. Para el arzobispo emérito de Paraná, de 81 años, Joseph Ratzinger siempre fue un hombre "muy sereno y totalmente abierto".
Así lo aseguró en una entrevista con La Nación, en la que contó que conoce al actual Papa desde que era un joven teólogo que enseñaba en Ratisbona, y que tejió con él una estrecha amistad cuando trabajaron juntos en la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, entre 1987 y 1992.
Conocido predicador de ejercicios espirituales, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y muy estimado por su papel en la mesa coordinadora del Diálogo Argentino durante la crisis de fines de 2001, Karlic no ocultó su felicidad por haber sido promovido a la dignidad cardenalicia por el Papa, distinción que nunca imaginó que iba a recibir, según confesó.
En una entrevista con La Nación, en la que contó que conoce al actual Papa desde que era un joven teólogo que enseñaba en Ratisbona, y que tejió con él una estrecha amistad cuando trabajaron juntos en la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, entre 1987 y 1992.
-¿Cómo se enteró de la designación, fue una sorpresa?
-Sí, sí, no me lo esperaba. El 15 de octubre, dos días antes del anuncio del Papa, sonó el teléfono, y era el secretario del nuncio que me dijo: "El Santo Padre lo ha hecho cardenal". Y yo no lo podía creer, fue una sorpresa muy honda. Es más, le pedí disculpas por las dudas que tenía...
-¿Cuando conoció usted a Joseph Ratzinger?
-Lo conocí cuando él era profesor en Ratisbona. Yo era profesor de teología en la Argentina, y fui a Ratisbona a saludarlo y a hablar con él. Estábamos con otro sacerdote de Mar del Plata, y estuvimos hablando, y él, que es un año menor que yo, nos invitó a comer. El ya era muy conocido por sus escritos.
–En ésa época Ratzinger no era tan conservador como ahora...
–Yo creo que esa es una idea que yo no sé quién ha creado. Porque es un hombre que ya entonces era conocido como muy sereno y totalmente abierto. El padre Congar (Yves), ese gran teólogo del Concilio, y uno de los mayores teólogos del siglo XX, decía que "hay un teólogo jovencito que da señas de grandes valores", y hablaba con mucho aprecio de él. Y Ratzinger siempre fue para nosotros uno de los hombres serios, profundos, serenos y claros.
–Esa fue la primera vez que se vieron, pero después se conocieron más y mejor durante la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica...
–Sí, entonces lo traté mucho porque yo fui nombrado en el Comité de Redacción, que era el que tenía que hacer los textos según las indicaciones de la comisión de cardenales y obispos. Ratzinger era entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidía los dos grupos. Y generalmente la reunión se hacía en conjunto. Ahí estábamos muy cerca, y nos conocimos bien. Me acuerdo de una reunión para revisar más de 20.000 modos, y era realmente emocionante y formidable ver cómo con la misma fe se hacían observaciones para mejorar el texto. Fue un signo más de la unidad de la fe y de la capacidad de la Iglesia de expresar su tesoro de siempre, atendiendo muy fuertemente a las situaciones contemporáneas.
–¿Ahí se hizo amigo de Ratzinger?
–Sí, éramos muy cercanos, era muy hermoso entre bloque y bloque de las reuniones, hablábamos, tomábamos un café y conversábamos de las cosas de ese momento y también de otras cosas. Era muy íntima la relación, muy cordial, muy transparente, con él y con todos los demás. Era hermoso ver a los africanos, los asiáticos... fue una experiencia muy profunda de la Iglesia.
–¿Y durante esa experiencia usted se imaginó que algún día Ratzinger sería Papa? ¿Le vio ‘pasta’ de Papa?
–No, no pensábamos en eso sinceramente. Pero antes del último cónclave ciertamente que era uno de los grandes candidatos.
–Hay quien dice que el "motu propio" con el cual recientemente Benedicto XVI rehabilitó la vieja misa tridentina en latín, aunque intenta una reconciliación con los lefebvrianos, tiende a dividir a la Iglesia. ¿Usted qué opina?
–Creo que esto va a pasar como un hecho que va ser entendido como una acogida de la Iglesia a quienes sienten una particular devoción para esa manera de expresar su fe. Si fue verdadera antes ahora también lo es, y si no se ha permitido, es para favorecer un rito que está más cercano a las maneras de expresar nosotros nuestra fe en este momento. Pero eso va a pasar como una cosa que no tiene ningún significado contrario a la Iglesia que quiere estar viviendo siempre la fe hoy. Yo lo interpreto como una nueva forma de manifestar el deseo de la Iglesia de acoger todo lo que haya de bueno y verdadero. Y si eso es algo que a ellos los acerca a Dios (a los lefebvrianos), lo dejamos, pero no le vamos a aceptar de ninguna manera que digan que el Concilio Vaticano II está equivocado, o que los cambios están mal hechos.
–Usted va a pasar a ser uno de los máximos consejeros del Papa: ¿cuál es para usted el principal desafío de la Iglesia Católica?
–Es una pregunta difícil, y sin acabar de categorizar creo que uno de los mayores desafíos sin duda es la verdad de Dios como absoluto, frente a un relativismo en el orden del conocimiento y en el orden de la conducta. Y el hombre está llamado en su pequeñez y en su creaturidad, sin embargo, a reconocer su origen en Dios y su destino en Dios. Y lo que me parece maravilloso es que el hombre está llamado no sólo a recibir este don, sino a descubrirlo y a merecerlo, en su entrega total, en la imitación de Jesucristo. Hoy y siempre el problema es del hombre y Dios. Por eso hay una frase que ha repetido mucho Juan Pablo II, que a mí me encanta, que es "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del verbo encarnado".
–¿Qué significa para usted ser cardenal?
–Yo le pido a Dios que este paso sea realmente para entrar al corazón del Papa, el padre, el hermano, el amigo, el ministro de Dios para toda la Iglesia, y así vivir hondamente estos últimos años que Dios me regale, y vivirlos con intensidad. Yo no acepto que me digan que con los años hay que acercarse a un estadio de descanso. Al contrario, yo creo que con los años hay que intensificar la vida. Otra frase preciosa que me dijo un cardenal: "no añadas años a la vida, añade vida a los años", y quiero agradecerle al Señor y agradecerle a este gran Pontífice que me haya querido tanto, que me haya dicho que me acerque a él para acompañarlo. Espero contagiarme de sus valores, de su fe y de su caridad.
–¿Y qué significa para la Argentina?
–Un servidor más, un servidor con el color rojo, del amor hasta la muerte, un servidor que quiere ir con la sabiduría de la Iglesia, con el consejo del Papa, a servir a todos. A todos sin excluir a nadie, a todos para todos los problemas, incluso el de la economía. Si yo creo que Dios nos ha dado el mundo para todos los hombres, para todas las naciones, cómo tengo que entender la propiedad privada, cómo tengo que entender los límites de las naciones, que en vez de ser límites tienen que ser puentes, cómo tengo que entender el deber del hombre de ir a las estrellas, nos están esperando las estrellas... Cómo tengo que entender que esto lo tenemos que hacer como hermanos, unos para otros, todos juntos: ¡es el sueño! Tenemos que educar a cada niño para que sueñe así, tenemos que vivir nosotros, ordenar nuestras leyes para ello, y si no lo hacemos, sepamos qué hacemos mal, y soñemos y busquemos. Tenemos que hacer de las naciones, del mundo, una gran familia, el modelo es la familia.
–¿Cómo ve la relación entre el episcopado y el Gobierno? ¿Hay fricciones?
–La Iglesia sabe que tiene que ser servidora de todos. Y vamos a hacerle saber siempre, a todo el mundo, que queremos servir a la verdad y al bien. Queremos ser sabios y queremos ser amigos y hermanos. Y esa es la actitud. Y esa actitud tiene que empezar cada día y no es porque el otro merece, sino porque yo le quiero bien. Por eso decimos que hay que amar a todos, absolutamente a todos. (APF.Digital)

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