martes, 8 de enero de 2008

Mis días en Villa Hasenkamp


Enviado por Jorge Hugo ManfuertE-mail: manfuert.j@gmail.com

Hace aproximadamente 43 años, mi padre trabajaba en un banco del Interior y, como tal, tuvimos que irnos de la ciudad de Rosario del Tala, provincia de Entre Ríos, hacia un destino en un pueblo desconocido, llamado Villa Hasenkamp, al norte del departamento Paraná, en el límite con el departamento de La Paz. Hacia allí salimos con mi madre y dos hermanos en colectivo, a la madrugada, por caminos polvorientos de zonas rurales, rodeados de montes bajos de espinillo. Finalmente, llegamos a esa villa de destino, que se constituiría en el hermoso escenario de mi primera infancia. Allí nos ubicamos. Era una colonia de laboriosos alemanes, dedicados a la agricultura. Una villa de pocas casas bajas. La casa que habitamos daba a una amplia avenida y luego, a las vías del ferrocarril. En ese entonces se usaban las locomotoras a carbón, y era una delicia ver sus maniobras para cambiar de vías y cargar agua, y el sonido de su pitar, transportando cereales y pasajeros que iban de un pueblo a otro. Más allá de la estación sólo había campo y estancias. La leche para los niños la íbamos a buscar frente a la casa en una estancia. Allí esperábamos que sacaran la leche al pie de la vaca, y luego la transportábamos cruzando las vías y el campo por un sendero, en una lecherita enlozada. Era esa leche que cuando se ponía el café decíamos tenía "ojos", como se llamaba a la gordura de la misma. En el fondo de mi casa había un horno de ladrillos unido por barro, donde se hacía el pan casero, que era delicioso. Debajo del mismo se colocaban las gallinas que se criaban a campo abierto. Cuando estaban cluecas, se les hacía el nido para empollar, salvo a aquellas ponedoras a las que se las bañaba en agua para que no empollaran y siguieran poniendo huevos. Se criaban en ese amplio fondo de 80 metros por 80 metros más o menos chivas con sus críos y chanchos. Se los ponía en un tacho de 200 litros, para evitar que se comieran la verdura que cultivaba mi padre en una huerta, que hacía en el fondos atando hilos con unas latas de conserva para espantar a los gorriones. Era hermoso ver cuando arrieros, vestidos con ropas típicas y al grito de sapucays, transportaban ganado de un pueblo a otro o a otro campo. El ganado en medio del barro, parando en los bebederos públicos... Pero lo más lindo era el llamado de la siesta, sagrada en esos lugares y según costumbres. Sobre todo cuando nos decían que si no dormíamos, andaba la solapa. ¿Saben qué era la solapa? Era una mujer que se aparecía en los árboles sin cabeza y que se llevaba a los niños que no dormían. Aparecía juntamente con el canto de los palomos, esa era la señal de que andaba la solapa. Pero a nosotros nos despertaba curiosidad y nos gustaba ir al monte a cazar pajaritos y seguirlos, observar cómo se trasladaban de rama en rama, ver sus colores y escuchar sus cantos era algo emocionante. Un poco más allá había una señora que vivía en un rancho. Se le podría llamar la matrona. Se ocupaba de quebrar el empacho y de juntar hierbas que curaban, como la escoba dura y esas especies para distintas afecciones. Su esposo, “don Chancho", se dedicaba a las tareas rurales y, cuando llegaba la Navidad o el Año Nuevo, era el baqueano que mataba los corderos o chanchos que habíamos criado allí. Debo recordar además que el pan, la leche y la carne eran traídos a caballo. Aún me parece estar viendo cuando el carnicero (una persona joven) venía en su caballo chapaleando en el barro, y le pedíamos que hiciera que el equino se levantara en dos patas, para ver lo que hacían los ídolos de ese entonces, como Red Rider, Roy Roger y otros de las revistas que leíamos a la siesta o en verano las que coleccionabamos en una habitación en forma ordenada y luego cambiabámos con otros vecinos. No me puedo olvidar tampoco de cuando íbamos a jugar al fútbol. Mi padre nos había comprado una pelota de cuero (allí no había, pues los chicos de la zona eran muy pobres). Dejábamos los pullóveres formando el arco y jugábamos (algunos andaban descalzos). Cuando discutíamos, alguno decía: “Ah, entonces si no fue foul, me llevo la pelota y ya está”. Los otros no tenían más remedio que decir que sí había sido foul, para poder seguir.Al lado de mi casa estaba la Cooperativa Agrícola de Villa Hasenkamp, un lugar donde veía llegar a los colonos con sus mujeres vestidas generalmente de negro y en carros a los que llamábamos carros rusos, de color rojo y verde generalmente. Los caballos eran percherones y tenían las anteojeras para el sol. Eran dos o cuatro que tiraban del carro con freno en un lateral que se accionaba con el pie. Allí traían crema de campo, manteca, quesos, dulces y huevos que ellos mismos elaboraban y luego vendían. También traían bolsas con cereales desde sus parcelas. Yo, allí sentado, miraba con detenimiento y escuchaba. Las mujeres no participaban del negocio, ellas esperaban a su patrón en el carro, hasta que éste cambiaba o compraba elementos para llevar a su hogar. Yo sentía que hablaban de una forma que no entendía, era dificilísimo comprender. Era el alemán, al que luego mi oído se fue acostumbrando. Los huevos que llegaban eran depositados en un galpón mayor, donde un señor con una visera y anteojos especiales, bajo un foco que pendía del techo, miraba el interior y los clasificaba. Cuando llegaba el día de los muertos, estas colonias hacían sus viajes hacia los lugares en que se encontraban sus deudos. A veces había tumbas al costado del camino. Venían vestidos con el luto que se respetaba y a lo lejos se sentía el ruido de sus carros en el silencio de la siesta. Pero qué más lindo que internarse en el monte cuando había llovido y pescar ranas o ver cómo los caseritos, tijeretas, calandrias, cardenales rojos y amarillos, picapalos y palomitas de la Virgen salían de las ramas de los árboles para empezar a volar luego de la lluvia. Especialmente debo recordar cómo los días de llovizna tupida, se hacían gotas en los alambrados que quedaban allí hasta caer. A los lejos se veía cómo los caballos pastaban con las crines al viento. A veces, en un bar de la esquina, llegaba alguna película en blanco y negro, generalmente cortada. Entonces, se armaba en una cancha de paletilla vasca un improvisado cine con las sillas de madera del bar y allí iba la gente a distraerse. Era un encanto ver y escuchar el molino que nos daba agua, cómo chirriaba en los días de tormenta, en los que había que ponerle el freno porque sino era peligroso que se rompieran las aspas. En las vacaciones íbamos a lo del tío José, que tenía un campo en Mojones Norte, departamento Villaguay, más allá de Alcaraz. Se dedicaba al almacén de ramos generales, tenía muchas habitaciones y no era de faltar el fogón, donde se reunían de mañana frente a la cocina a leña a tomar mate antes de empezar la faena. Allí se vendía de todo: alpargatas, galletas, golosinas, fideos, yerba, azúcar (esa que venía en terrones), pastillas de menta y eucaliptos. A la noche, los paisanos se reunían a jugar un truco y beber algunos tragos. En el medio del patio había un molinillo a viento. ¿Se acuerdan de éstos? Daban energía a las baterías, para poder escuchar al radio. Más allá estaba la bomba sapo, a la que había que darle fuerza a su manija para sacar agua para higienizarse. Los patos, gansos y pavos andaban con sus críos por todas partes. Era una delicia verlos pedir agua y beber de los depósitos o en los charcos, así como darles de comer el maíz. Pero mejor aún era ir a buscar los nidos de las calandrias con sus huevos color celeste, sólo para verlos y descubrirlos. Una vez, a la noche, cuando estábamos acostados, se sintió de golpe el cabalgar de caballos. Entonces, bajó un gaucho, que sofrenó a su pingo, con un “shiiito”, y bajó haciendo sonar sus espuelas. Golpeó y gritó: “¿No hay nadie en este boliche? Ave María purísma...?" Todos nos levantamos, a pesar de que nos decían que no, y salió mi tío a ver. Observamos el típico gaucho de la zona de Montiel, con guardamontes de cuero, botas y espuelas, camisa de color rojo, pañuelo al cuello y sombrero de ala ancha. Los perros, que nunca faltaban, torearon hasta que se les gritó “¡juira perro!”. Entonces, todos volvimos a dormir.

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